jueves, 8 de octubre de 2009

Rafael Arozarena, descansa en paz

"Los que de verdad filosofan, Simmias, se ejercitan en morir, y el estar muertos es para estos individuos mínimamente terrible. [...] todo lo que vive nace de lo que ha muerto [...] en realidad se da el revivir y los vivientes nacen de los muertos y las almas de los muertos perviven".
"Fedón", Diálogos, Platón.

La primera vez que vi en persona a Rafael fue cuando éste leyó sus poemas en un acto que había organizado conjuntamente con un amigo biólogo para Amnistía Internacional, en 1994. En aquel tiempo, andaba yo en este colectivo y en otros, creyendo que a través de estas organizaciones todavía se podían cambiar las cosas y que, si uno ponía el empeño adecuado, todo necesariamente mejoraría. También llevaba un programa en Radio Campus y me encargué de la retransmisión del evento en el Paraninfo de la Universidad. Cuando le llegó el turno a Rafael no supe qué decir, me quedé fascinado por el texto, me pareció un gran poema en prosa. Fue una suerte de revelación fetasiana, diría ahora.
Unos años después, en 1998, en un acto, no recuerdo cuál, celebrado en el Ateneo de La Laguna, mi amigo Ricardo García Luis me propuso entrevistar a Rafael Arozarena y, que si quería, él mismo me lo presentaba. En ese entonces, yo llevaba una página literaria en el periódico El Día titulada "De las artes y de las nuevas letras canarias". También era la época del estreno del film Mararía, basado en su célebre novela. En pocos días, quedamos cerca de su casa y le visitamos. Los tres pasamos una velada inolvidable. Pronto me puse de acuerdo con él para hacerle, en otra ocasión, y personalmente, una entrevista. Y así fue. En un corto período de tiempo me vi con una larga conversación, de la que publiqué tan sólo un breve extracto. Como siempre me habían interesado los libros de conversaciones, se me ocurrió proponerle, en aquellas navidades de 1998, la aventura de llevarlo a cabo. Y, para mi sorpresa, aceptó. Creo que desde el principio nos sentimos muy cómodos el uno con el otro y eso ayudó bastante para que nos pudiéramos entender con gran fluidez.
Tiempo atrás venía yo dándole vueltas a la idea de fetasa, como tantos escritores y, también, no escritores de las islas. Siempre intuí que debían existir algunas claves que no estaban al alcance de cualquiera y que aquello constituía uno de esos grandes misterios que encierra la insularidad. Por eso, también quise adentrarme en todo este mundo. Aunque no sabía hasta dónde iba a llegar, este libro de conversaciones lo llevé a cabo exclusivamente por una curiosidad personal y por un acto de justicia, ya que en aquel entonces, con frecuencia, se malinterpretaban sus palabras e, incluso, había quien se alegraba porque no lograra terminar aún su tercera novela. Pero, si bien, creí que en uno o dos años podría componer el corpus del libro, para mi sorpresa todo el trabajo ocuparía un ciclo de cinco años. Así que, a través de un método socrático, por así decirlo, casi marcado por un destino que tal vez ignoraba, me vi envuelto en la tela de araña fetasiana.
Las conversaciones entre Rafael y yo fueron muy intensas, ambos sabíamos que de alguna manera no sólo estábamos hablando para nosotros, sino para todo el mundo. Era una sensación que, creo, compartíamos, aunque nunca llegáramos a hablar de ello. En realidad, es inevitable cuando se trata de un libro de estas características. Poco a poco y de forma algo desordenada iba transcurriendo aquella aventura que yo iba a su vez estructurando y organizando temáticamente. Pese a todas mis tentativas por marcar la pauta como entrevistador, he de reconocer que cuando llegaba a casa de Rafael y hablábamos, salían tantos temas interesantes que siempre acabábamos en lugares imprevisibles. Incluso llegué a construir una especie de método con él. Todos los que lo han entrevistado saben que, en su caso, siempre fue muy difícil planificar y cumplir dicha planificación. Yo creo que él necesitaba un tiempo previo para entrar en la materia o en el estado de concentración que uno deseaba. Llegué a calcular una hora más o menos en esa tarea, donde él se desahogaba a su gusto y, luego, pasado ese tiempo, ya me dejaba un mayor espacio de maniobra. Y ahí podíamos avanzar en la dirección que me interesaba. Aunque también he de admitir que, en este momento previo, a veces salían a relucir asuntos no menos trascendentes y que también incluiría en el libro, pero digamos que, en este período, él era el que mandaba, si se me permite la expresión, y en el otro, más o menos, yo. Todo ello me dio pie a pensar que cada entrevistado necesita su propio espacio, su propio tiempo, su propia atmósfera, y que, hoy en día, con el ritmo frenético de nuestra época, se desaprovechan las ocasiones de acercarnos verdaderamente los unos a los otros.
Después de un proceso muy complejo de trabajo, el libro, por fin, vio la luz en la editorial Benchomo, en 2004. En la primera presentación, en la feria del libro de Adeje, sólo un medio entrevistó a Rafael: El Día. Y en la segunda presentación, en el Ateneo de La Laguna, nadie cubrió la noticia, pese a que yo personalmente les había enviado a todos los periodistas de cultura uno de los libros. He de decirlo porque siempre creímos que aquello no estuvo bien. Ahora, y casi por la voluntad espontánea de sus lectores, la obra es ya más conocida, pero de alguna manera sigue silenciada, pese a que Rafael admitiera siempre que había sido su testimonio. Ahora se ha convertido probablemente en un libro raro, difícil de encontrar. Supongo que el mundo editorial funciona así. Y me atrevo a decir esto porque nunca lo consideré como un libro pretenciosamente mío, sino como un texto que es patrimonio de todos. Y creo que así debe ser.
Rafael me abrió al mundo fetasiano desde la praxis de su experiencia, pero también me facilitó el conocimiento del teórico de todo aquello: José Antonio Padrón. A él le dediqué otros cinco años de mi vida, ya que la familia me encargó, y yo acepté con sumo gusto, reunir la obra completa. En el año 2008, ediciones Idea publicaría un tomo con toda su producción.
Después de 10 años muy intensos de búsqueda, creo haber saciado gran parte de mi curiosidad y haberme aproximado enormemente a la química de este concepto que encierra para mí una de las formas de pensamiento más fascinantes del siglo XX.
Hace una semana ya que Rafael nos dejó, sí, que nos dejó más huérfanos, como me decía en un e-mail mi buen amigo Sabas Martín. Contemplar su imagen en el tanatorio, rodeada de cientos de flores y de una luz crepuscular, me hizo pensar que en ese momento Rafael Arozarena era más fetasiano que nunca, que ya no hacía falta hablar más de la muerte para vencerla porque, de esta manera, ya lo había vencido todo. Aquel día me embargó un gran sufrimiento, una enorme impotencia, un no creer que aquel mensaje que me habían enviado al teléfono móvil, "ha muerto Rafael Arozarena", podía ser posible. Y es que no era posible. Incluso después de la impresión inicial en el tanatorio, fue muy dolorosa, tuve la sensación de que existía algo de mentira en todo aquello, de que Rafael en realidad no había fallecido. Y eso sigo creyendo hoy, mientras escribo estas líneas de urgencia y leo su tercera novela: Los ciegos de la media luna (ediciones Idea / La página, 2009).
En ella, mi amigo inmortal escribía una de sus reflexiones más fetasianas: "Yusuf se acercó a la preciosa alfaguara con intención de refrescar sus pensamientos contemplando el agua. El agua, incolora, insípida y fresca, podía neutralizar aquellos horribles tufos que Yusuf consideraba irrespirables. Se despojó de la americana, se mojó los brazos, se refrescó el rostro y formando un cuenco con sus manos, recogió una porción de agua y estuvo contemplándola. Era tan transparente y diáfana que no se veía y Yusuf la detectaba sólo por su leve peso y el frescor que producía en sus manos. Pensó entonces que así como el blanco es el compendio de todos los colores, también el agua puede ser el espíritu de todos los sabores y perfumes. "Así que -pensó Yusuf- la nada puede ser muy bien la síntesis de todo lo existente, quizá una purificación" (p. 19).
Al leer estas líneas, inmediatamente recordé la voz de Rafael, su timbre, repleto de olas interiores, que siempre estaba más cerca del otro lado que de éste. Sentí que me recitaba estas líneas, esta explicación de todo lo que probablemente ahora esté viviendo, de todo lo que se halla en otro lugar aún más despojado que el nuestro.
El equipaje de un escritor es su obra, con ella puede entrar y salir de todos los espacios, de todas las mentes, de todas las incomodidades. Gracias a ella, Rafael Arozarena sabía, en algún lugar inconfesable de sí mismo, que el miedo a la muerte era otra ilusión. Aunque, como siempre jugaba con las hipótesis, en alguna ocasión me llegaría a confesar que tenía miedo a morir sufriendo entre hierros azules, y todo por culpa, tal vez, de una dolorosa percepción del color o de un recuerdo inquietante de la infancia... ¿Quién sabe?
Su cuerpo fue incinerado, siguiendo su última voluntad. Este acto final de su vida, que encierra otras nuevas transformaciones también, llega como una suerte de despojamiento, esta vez de todo. Este último gesto arrastra consigo una vida de superación y desdicha, de placer y olvido, de verdades y mentiras, de un profundo amor a la existencia en todos sus ritmos y sus cambios. Descansa en paz, querido amigo.

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